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Tres cuartos de siglo especulando no han sido suficientes para desvelar el mayor misterio del montañismo, un oscura y bella historia de aventureros de otra época que permaneció hibernada mucho tiempo. Hasta hace poco tiempo. A 521 metros de la cima del Everest, una expedición estadounidense descubrió el cuerpo congelado de George Mallory, un alpinista británico que desapareció el 8 de junio de 1924 mientras escalaba la cima más alta del planeta. Estaba intacto, con aspecto marmóreo, un traje de tweed y su nombre inscrito sobre la ropa. Era él, sin duda, aquel poeta inglés de espíritu sensible y sangre caliente. Tenía 38 años y para aquella ascensión escogió a un remero de Oxford, Andrew Irvine, como pareja de cordada. El último que los vio con vida fue Noel Odell, quien en principio debía ser el compañero de Mallory. Y así explicó para The Times la historia. «Toda la arista somital y la cumbre del Everest se hallaban despejadas. Mis ojos quedaron fijos en el pequeño punto negro que se recortaba en una cresta de nieve situada debajo de un resalte rocoso de la arista; el punto negro se movió. Entonces apareció otro punto negro que se desplazó por la nieve hasta reunirse en la cresta con el primero. Este se aproximó entonces al gran escalón rocoso y al poco apareció en lo alto; el segundo le imitó. Entonces, toda aquella fascinante visión se desvaneció, una vez más envuelta en nubes». La señal de la catástrofe Según cuentan los relatos de la época, tres días después Odell colocaba dos sacos de dormir sobre la nieve en forma de cruz. Era la señal para que, en el campamento base, supieran que una catástrofe había acontecido. El debate, en los foros alpinistas, en los de antes y en los de ahora, era ya un hecho. Murieron antes de hollar la cumbre o después. El tirolés Reinhold Messner, el primer hombre que conquistó el Everest sin la ayuda de oxígeno y el más famoso de todos los montañeros vivos, sostiene que George Mallory y Andrew Irvine jamás llegaron a la cima: «El descubrimiento demuestra lo que siempre sospeché: nunca alcanzaron la cumbre. El Everest sólo podía escalarse entonces por su cara norte a través del pasillo Norton, en el que había fracasado cuatro días antes Edward Norton. Mallory no tomó esa ruta, la única que le habría llevado efectivamente hasta arriba, sino que escogió otra y llegaron al segundo escalón, a 240 metros de la cumbre. Imposible pasar por allí, al menos hasta 1975, cuando se fijaron en ese lugar unas escaleras de aluminio». La teoría del tirolés sostiene que, ante la imposibilidad de seguir adelante y con la noche encima -al parecer, cometieron la imprudencia de iniciar el último tramo de la ascensión muy tarde-, Mallory e Irvine retrocedieron y sufrieron una caída fatal en la pared norte, donde hace poco se encontró el cadáver. Si existe una respuesta convincente al enigma sólo puede encontrarse en el interior de la pequeña Kodak que Mallory llevaba consigo. Ahora, desgraciadamente, los buscadores de oro se amontonan en el Everest, soñando con el suculento negocio que supondría tamaño hallazgo. Eric Simonson, el jefe de la expedición que encontró el cuerpo, vendió las fotografías del cadáver a la revista Newsweek por 40.000 dólares (al cambio, casi siete millones de pesetas), ante la indignación de los familiares y del mismísimo Hillary. Alfredo Merino (C) Rocs&Pics 2008 - Aviso Legal - Todas las fotos de las crónicas están disponibles en resolución fotográfica bajo demanda expresa al grupo. Para cualquier consulta escribir a: webmaster@rocsandpics.net
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